La chica de ayer. Exposición colectiva

Fotos de la exposición La chica de ayer

Amigos, los invito mañana jueves 26 de enero a la inauguración de la exposición colectiva «La chica de ayer», un paseo por los collages de Richi Donoso Cortés, las esculturas de Augusto Arana, el erotismo de Zaida del Río, las joyas de Taso y las estampas habaneras de Juan Díaz Zarate, entre otros. Pero sobre todo, es un homenaje póstumo a mi amiga Maite Echanojauregui, que no se ha ido, sólo se alejó un poquito, cómplice en la idea de abrir esta galería y musa de Antonio Vega, para escribir tan bella canción. Los espero a partir de las 20.30 hrs., el vino va por la casa.

“La chica de ayer” era de Bilbao 

YOLANDA VEIGA | 26 octubre 2015

La musa de la canción de Antonio Vega era una diseñadora de moda bilbaína que falleció este verano y con la que el artista tuvo un romance adolescente

Algunas canciones no tienen patria y ‘La chica de ayer’ es un poco de todos. Sigue sonando, puntual a las cuatro de la madrugada, en ‘El Penta’, en el número 4 de la calle de La Palma, una esquina del barrio de Malasaña como otra cualquiera cuando pasas de día. Fue uno de los locales de La Movida, elevado a icono gracias a la canción de Antonio Vega: ‘… Luego por la noche al Penta a escuchar / canciones que consigan que te pueda amar…’. A él, que tan bien le sentaba el traje de genio maldito, que cultivó esa timidez casi enfermiza, probablemente le horrorizarían esos homenajes que le rinde cada noche la clientela del bar, muchos de ellos veinteañeros que no han escuchado la canción más que allí y que conocen al artista madrileño solo por los pósters de la pared. También hay nostálgicos, otros que entran porque había poca gente haciendo cola (cada vez más con la absurda restricción del aforo que les pusieron hace un tiempo)… todos hermanados cantando ‘La chica de ayer’. Suena justo antes de que se enciendan las luces y rompan el clímax de ese ejercicio catártico de nostalgia que engancha.

La canción no es solo la banda sonora de una época, de una forma de vivir, del momento más inspirador que ha vivido este país. Es el segundo mejor tema del pop rock español según la revista ‘Rolling Stone’ (la primera es ‘Mediterráneo’, de Serrat). Pero también cuenta una historia, tiene una musa, una destinataria a la que Antonio Vega escribió aquellos versos cuando estaba haciendo la mili, en 1977. Existió ‘La chica de ayer’, aunque ni él ni ella puedan ya desvelarnos la lectura entre líneas. Ella es Maite Echanojauregui, una mujer de Bilbao con la que el artista tuvo una breve relación cuando él tenía 20 años y ella 17. Vivía en Madrid, era diseñadora de moda y falleció este verano de un infarto con 54 años.

Antonio nunca le quiso decir que le escribió una canción y ella lo sospechaba pero calló. Su identidad la señaló (más bien la insinuó) Jaime Conde, primer batería de Nacha Pop, a propósito de una foto en la que sale el artista con una chica rubia. La imagen, captada en uno de los ensayos del grupo a finales de los años 70, aparece en la película documental ‘Tu voz entre otras mil’, un retrato personal y profesional de Antonio Vega firmado por la periodista y directora del programa ‘Ochéntame otra vez’ de TVE, Paloma Concejero, que se emitió el año pasado. «Era una chica que apareció en una fiesta acompañada de un amigo común. Antonio seguramente se prendó de ella en ese momento porque acabó saliendo de esa fiesta con ella. La vimos mientras la llevó a los ensayos», cuenta el batería del grupo en el vídeo. Nadie se acordaba del nombre, solo de que era rubia y misteriosa.

«Un encuentro de confidencias»

Paloma la buscó sin éxito mucho tiempo y luego se resignó al misterio. «Yo siempre me imaginaba que ella acabaría viendo la película», contaba ayer a este periódico, aún con la resaca emocional del descubrimiento hecho público y del premio que recibió el jueves por ‘Ochéntame’ (Premio Iris al mejor documental). La película la vio una prima de Maite y la puso sobre aviso. La aludida también la vio y debió hacer una discreta mención en las redes sociales. A través de un amigo común, contactó con Paloma, que no ha contado ‘motu proprio’ la historia, sino a raíz de que la desvelara otra persona que también la conocía. «Este amigo mío es familiar de ella y cuando me dijo que Maite quería hablar conmigo me quedé pasmada. Quedamos en vernos más adelante, para hablar tranquilamente, pero ella falleció antes. Cuando me enteré, me quedé desolada, se me saltaron las lágrimas».

Por la conversación que tuvieron por teléfono a Paloma le da la sensación de que Maite no quería salir, solo ansiaba «un encuentro de confidencias», como han hecho con ella tantos amigos y artistas que han compartido el peculiar universo del compositor madrileño, que falleció en mayo de 2009 a los 51 años. «Era una mujer extremadamente discreta. Ver el documental y que allí se hablara de ella había reavivado una parte de su vida que tenía callada, sentía nostalgia. Maite podía tener la sensación de que la de la canción era ella, pero jamás tuvo la certeza». Cuenta Paloma que la relación de esta bilbaína con Antonio Vega fue un romance «de tinte adolescente e intenso, pero ella tenía pareja entonces y mantuvo en secreto la aventura».

Así va a seguir porque ni siquiera va a hacer pública esa fotografía. «Yo tengo la sensación de que Maite quería contarme su historia a mí, pero nada más». Y le parece un buen cierre: «Hay una frase en la canción que dice: ‘Demasiado tarde para comprender’. Me parece un final perfecto para esta historia. Solo ellos sabrán lo que pasó».

«Todas hemos sido alguna vez esa chica»

Un misterio más de los que Antonio Vega dejó sin resolver. Porque tenía muchos. «A él le gustaba jugar al equívoco en sus canciones, recurría a los dobles sentidos… ‘La chica de ayer’ no habla solo de una chica». Ahí se planta Concejero, cómplice en el misterio que siempre acompañó a un artista mayúsculo que fue también «un conquistador» con las mujeres. «Con ese aspecto desvalido y frágil gustaba mucho». Paloma confiesa que ella misma también se ha sentido a veces ‘La chica de ayer’. «Todas nos hemos creído esa chica alguna vez. Yo recuerdo incluso haber firmado alguna carta con ese remite».

La estrecha distancia que separa a esta periodista de la vida y obra de Antonio Vega no es solo profesional (le había entrevistado en varias ocasiones). También es personal. «He sido seguidora suya, con sus canciones he vivido momentos emocionales muy intensos. Siento admiración y adoración por él y su pérdida la sentí como si fuera de mi familia. En la capilla ardiente descubrí que teníamos amigos comunes y esa tarde nació la idea del documental».

La película la embarcó durante 5 años en un tour de alto voltaje emocional cuyo próximo destino iba a ser el encuentro con Maite. «Antes de saber de ella y después de tantos años buscándola me parecía hasta bonito que el misterio quedara en el aire». Sin descubrir, compartido en las madrugadas de ‘El Penta’.

LOS CONOCIDOS OLVIDADOS

Me había olvidado de aquella joven. Cuando uno está en el extranjero entabla relaciones con compatriotas extraños.

JAVIER MARÍAS – DOMINGO 11 DE SEPTIEMBRE DE 2016

El pasado mayo escribí aquí un artículo, “Las amistades desaparecidas”, sobre la perplejidad y la nostalgia que nos produce a veces darnos cuenta de que ya no están en nuestra vida personas que hace tiempo fueron parte de ella, incluso de nuestra cotidianidad, personas de cena semanal o de llamada diaria. Este de hoy es su complemento, me parece. También se cruzan con nosotros muchas que ni siquiera alcanzan el rango de “amistades”. A menudo aparecen no por elección, ni nuestra ni de ellas, sino por azar y por las circunstancias. A menudo hay en ese trato un elemento de conformismo, como si nos dijéramos: “A falta de algo mejor …”, o “A falta de los titulares …” Nunca debemos olvidar que nosotros somos lo mismo para ellas, sucedáneos, sustitutivos, suplentes.

He leído con retraso un par de reportajes sobre la posible identidad de la joven que inspiró a Antonio Vega y a Nacha Pop su famosa canción “La chica de ayer”, que al cabo de tres décadas largas sigue oyéndose y apareciendo en la banda sonora de no pocas películas. Se la tiene por una especie de himno generacional de la llamada “movida”, cada vez más alejada en el tiempo y más susceptible, por tanto, de mitificaciones. Decían esos artículos que la periodista Paloma Concejero, responsable de un programa televisivo sobre los ochenta, había rastreado por fin a esa joven: con toda probabilidad se trataba de una diseñadora bilbaína que vivía en Madrid, con la que Vega mantuvo quizá un breve idilio a los veinte años, cuando ella tenía tres menos. Concejero había concertado un encuentro para hablar con quien ya no era joven, pero la cita no tuvo lugar porque el pasado verano un infarto causó la muerte de esa mujer misteriosa y discreta. Tenía cincuenta y cuatro años y se llamaba Maite Echanojáuregui. O así se llamó para mí, con la tilde que se le suprimía en estas noticias. Así está escrito su nombre en mi vieja libreta telefónica con tapas de hule negro, de la que asimismo hablé aquí hace largo tiempo.

La verdad es que me había olvidado de aquella joven que vivía en Londres cuando yo en Oxford; como ella de mí, seguramente. Cuando uno está en el extranjero entabla relaciones con compatriotas extraños. Quiero decir que son individuos con los que en el propio país, en circunstancias normales, quizá no habría visto las suficientes afinidades. No recuerdo quién me sugirió llamarla y me dio su número. Lo que sí sé es que durante un par de años, de 1983 a 1985, nos veíamos en Inglaterra de vez en cuando, y que Maite pasó algún fin de semana en mi casa de Oxford, sobrada de habitaciones. Sé que en una o dos ocasiones visité con ella a Cabrera Infante y a su mujer Miriam Gómez, que la encontraron “muy linda muchacha”. No era rubia, como apuntan esos reportajes, sino castaña clara y con unos ojos pequeños azules y unos dientes también pequeños. Era muy sonriente y muy agradable, con cara de niña. Por aquel entonces estudiaba Moda en Londres y tendría veintitrés o veinticuatro años, yo nueve más, calculo. Veo con nitidez, curiosamente, sus pantorrillas fuertes (no gruesas), que contrastaban un poco con lo menudo del conjunto. Me la encontré una sola vez fuera de Inglaterra, ya en los noventa. Nos paramos en la calle, nos saludamos con simpatía y afecto, charlamos un rato, quedamos en vernos y no nos vimos.

La recuperación de ese rostro y ese nombre pone en marcha la memoria. Por aquella casa de Oxford pasaron otras personas cuyos nombres figuran en mi vieja libreta y apenas si son más que eso: una bangladesí, Tazeen Murshid, que mi predecesor en el puesto de lector de español me pidió que albergara unas semanas. Una actriz de cuyo nombre prefiero no acordarme, a la que, mientras estudiaba inglés, alojé allí dos o tres meses. Me acude a la memoria Luis Abiega, que trabajaba en el consulado de Boston, creo, durante una estancia mía por allí cerca. Quedábamos a cenar a veces, era un hombre acogedor y simpático, que me introdujo en el fútbol americano y que aún, a mi regreso, se molestaba en escribirme una crónica de la final de finales, la Superbowl hoy célebre universalmente. Estas personas no llegan a ser amistades, son conocidos transitorios. Pero hay periodos de la vida de cada uno en los que depende bastante de su compañía, de su presencia cercana. Sabe que están ahí, a mano, y que en un momento de soledad aguda o de dificultad en un entorno que no domina, puede recurrir a ellas. Mientras dura la relación, uno descubre que se puede sentir a gusto con quienes en la propia ciudad habría pasado por alto (o ellos lo habrían pasado por alto a uno). Raramente se mantiene el trato después de lo circunstancial o azaroso, de esa temporada en el extranjero, por ejemplo. Quedan sus nombres en la libreta y uno se olvida, de la misma forma que nos olvidan ellos. Ahí están el número londinense y el nombre de Maite Echanojáuregui, con cuya presencia distante y vecina conté un par de años. Lamento saber que ya no está en el mundo, que ahora está ausente.

JAVIER MARÍAS – Escritor y traductor nacido en 1951 en Madrid. Se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es articulista habitual en varios medios de comunicación y desde 2008 ocupa la silla R de la Real Academia Española. Es autor de novelas como ‘Así empieza lo malo’ o ‘Los enamoramientos’.