Mestizos: de Aponte a Belkis Ayón. Exposición de Felipe Alarcón Echenique

Poparte galería tiene el gusto de invitarle a la exposición “Mestizos: de Aponte a Belkis Ayón”, del premiado pintor cubano Felipe Alarcón Echenique, un homenaje al crisol de razas que es Cuba y un diálogo de la pintura con la música cubana y el béisbol, deporte nacional en la isla.

MESTIZOS (TODOS LO SOMOS)

                                                                                    Gregorio Vigil-Escalera Alonso / Periodista y crítico de arte

Para el artista como para el galerista –Juan Carlos López Popa- había una deuda que pagar y un tributo que rendir a las raíces culturales afrocubanas de las que proceden. Y una invocación y homenaje a aquellos artífices que las hicieron posible, como Wifredo Lam, Nicolás Guillén, Bola de Nieve, La Lupe, Luis Carbonell, Sara Gómez, Leonardo Padura, Belkis Ayón, entre otros, así como los líderes independentistas Aponte, Plácido, Maceo o Juan Gualberto Gómez.

Es un recorrido el de la exposición que parte del Siglo XVIII, a partir del cual va cuajando la cubanidad, esa acepción ya consagrada, tanto culturalmente como socialmente, que ha sido fruto de un sincretismo entre lo aborigen, lo africano y lo hispánico, y que se ha consolidado como expresión de reconocimiento e identidad, impregnando así, todas las manifestaciones artísticas habidas de ese núcleo de signos y significaciones.

Planteada de tal modo la gestación de esta muestra que se inaugurará el viernes día 21 de septiembre de 2018 en la galería Poparte de Madrid, Felipe Alarcón infunde a su caudal mestizo una humanidad de vivos y muertos y se mueve entre una interacción de potencias que se influyen mutuamente. Con ello da lugar a la existencia de una circulación constante de ingredientes formales de la más diversa procedencia.

Pues ya es una seña de su quehacer la irradiación de un idioma cromático codificado, basado en las dimensiones simbólicas acordes con el numen de lo invocado. Hasta su culminación en secuencias de asociaciones emotivas e intelectivas que iluminan y completan la capacidad receptora.

 Felipe posee dentro de sí mismo un arte de vaciarse, de hacer que las transfusiones pictóricas se le impongan y le obliguen a sacarlas al exterior y a manifestarlas. Más que un reto, que sí que lo es,  es un tránsito encadenado que necesita consumarse. Su trabajo de puesta en escena bascula entre la luz y la oscuridad, entre lo histórico en su temática y lo contemporáneo en su resolución plástica, entre lo figurativo y su pátina abstracta, entre colores fríos que se contaminan con los calientes y acentúan una realidad que todavía está viva y se proyecta en el espacio y en el tiempo.

Hay siempre intuición, búsqueda y determinación en la mano de Felipe. La alusión a esos personajes, además de ofrenda y solicitud, no es impostación en absoluto, sino el transcurrir a través de sí mismo de una continuidad fidedigna y artística. Incluso entraña que lo ha asumido como algo suyo y en su propio lenguaje, absorbiendo esas aportaciones que como creadores y actores de su época han contribuido a un nuevo mundo de realizaciones y experiencias de todo orden.

Por eso, al final su perspicacia estética le permite transformar esos flujos inacabables en unos diálogos que bucean en las vivencias de su acontecer en el presente y en su destino hacia el futuro.

Por lo tanto, estamos ante toda una serie fruto de una expresión propia y singular, de la autenticidad y depuración de su hacer pictórico, que se constituye en un vehículo de su intimidad lírica y del sentimiento de un universo confabulado con ella para su fusión con la mirada del observador.

Y esa fusión visual y cultural desemboca en una honda dimensión global de vientos entrecruzados y coordenadas espacio-temporales que pueblan su contemplación de improntas   oculares y presagios animistas.

Cierto es que siempre el artista tanto está rastreando como localizando, enhebrando secuencias como otros elementos aditivos, incorporando hallazgos, collages, experimentaciones, transformaciones, pigmentaciones, inyecciones de confluencias delineadas y, presidiendo este actuar, sus alientos azarosos y liberadores.

Su técnica es su modo y manera de movilizar el mundo (Jünger), previa a su interiorización para hacerla suya y le lleve a la acción. Pero todo lo cual sin coerciones, adoptando dinámicas emanantes que se vierten, se expanden y luego se asientan, con lo que llegan a la revelación y desocultamiento. Por tanto, a través de este proceso su repertorio va creciendo, tomando cuerpo, conciliando elasticidad, grosor y dureza.

Él se desenvuelve entre dos polos –que nunca están en perfecto y aburrido equilibrio- que se inclinan, según las variaciones y métodos de su creatividad, más a lo poético unas veces y a la sabiduría estética otras, aunque siempre amalgamados y sin desarraigo de la vida concreta y palpitante.

En sus imágenes se sintetizan relaciones y vínculos de contigüidad con las que se enlazan unos componentes y otros. Y con ellos también aparecen un mayor o menor porcentaje de factores inconscientes e incontrolables. Conviven así configuraciones oníricas y apariciones magicistas dotadas de un permanente narrar e imaginar.

Por último y como corolario, hay que destacar que esta cosmovisión plástica latente se asoma como una confesión de origen y pertenencia, como una declaración explícita de los avatares de un destino telúrico, isleño, artístico y de eterno retorno. Y de mucho duende.

Madrid, 2 de julio de 2018

“Mestizo”, manifiesto sobre la afrocubanidad, del pintor Felipe Alarcón Echenique

                                                                                                                   Álvaro Sánchez / Editor de arterritory.net

Felipe Alarcón ha vuelto a superarse a sí mismo. El pintor hispanocubano radicado en Madrid presenta en la galería Poparte su nueva serie “Mestizos somos todos”, en lo que representa un nuevo alarde estético y una nueva incursión en el ámbito político. Dará que hablar, sin duda; pero vayamos por partes.

Felipe ha reconfigurado su particular e inimitable código de señales pictórico, a la vez que profundizado en el mismo, para vehicular un necesario ajuste de cuentas con la concepción políticamente correcta de la cubanidad. Pero, ¿qué se puede decir del notable alumno de San Alejandro sobre correcciones políticas y estéticas, desde su brillante y original irrupción en el picassiano mundo del “Guernica”? Mirar y analizar presente y pasado, fusionar culturas y sensibilidades dérmicas y epidérmicas, plasmar expresividad y narrativa y explorar la formalización y la identidad, son las cuestiones esenciales que vienen vertebrando la propuesta del pintor y suscitando las correspondientes respuestas, así, en plural, de los espectadores y de los críticos. Bien es verdad que Felipe afirma que no busca suscitar respuestas; pero es un hecho innegable que las recibe, como no podía ser menos con sus planteamientos. Y cada vez más acusadas tras realizar la analítica de las realidades picassiana y cervantina en estos últimos tiempos y desarrollarlas con tanto talento como destreza en recientes exposiciones y libros de artista.

Así que lo primero que llama la atención tras la detenida contemplación de las obras que se exhibirán a partir del día 21 septiembre, en la muestra ‘‘Mestizos: de Aponte a Belkis Ayón” es la formulación del novedoso código de señales del artista. No es que Felipe haya abandonado el que con acierto le ha caracterizado desde su emergencia artística, sino que profundizando en el mismo ha provocado un salto cualitativo de enorme significación plástica. Pero antes de explicarlo, conviene hacer alguna precisión terminológica de importancia.

El artista plástico es un narrador que materializa sus creaciones sin utilizar un lenguaje, por más que la mayoría de teóricos del arte y otros tantos artistas empleen habitualmente la expresión “lenguaje artístico” o, más concretamente, “lenguaje pictórico”. Pero, técnicamente hablando, el artista no utiliza un lenguaje, sino un código de señales.

La diferencia esencial entre lenguaje y código de señales estriba en que el lenguaje tiene unos requerimientos de amplitud léxica, precisión significante y articulación lógico-gramatical incomparablemente superiores a los del código de señales, requerimientos que las artes plásticas y visuales (exceptuando el cine hablado), por su propia naturaleza, no pueden ni deben cumplir. Además, el lenguaje establece un perímetro de la visión artística del mundo mucho más definido y preciso que el código de señales. Entonces, como lo que hay en el ámbito artístico es código de señales y no lenguaje, quedan demarcados unos límites indefinidos y borrosos, en los que precisamente radica la indeterminación y la propia inaprensibilidad del arte; en definitiva, y dicho de manera categórica, su grandeza.

Sintetizando, las novedades que se incorporan al código de señales de Felipe serían, en primer lugar, la regeneración de espacios que conectan los elementos que configuran cada obra; en segundo lugar, el establecimiento de jerarquías ontológicas de trascendencia social entre iconos y símbolos africanos, afrocubanos y cubanos; en tercer lugar, la profundización en la aventura del color, siguiendo la línea iniciada en la serie “Guernica” y, final y significativamente esencial, la autorreferencia contenida en las piezas de puzzles que se repiten en la serie, alusión a la pretensión declarada de coherencia en el seno de la misma y en cada una de las obras que la constituyen.

Hay en esta serie, cuyo título completo es “Mestizos somos todos”, menos microcosmos, menos sincretismo y menos universalidad que en series anteriores, en beneficio de la profundización en la narrativa y la identidad, aspectos que, por otra parte, son tratados magistralmente por Maribel Gámez en su texto sobre Felipe Alarcón.

Consecuencia inevitable de esta reformulación que afecta tanto a lo expresivo como a lo formal, se produce una mutación en relación a los trabajos anteriores del artista: no nos encontramos ya ante una serie de fotografías, sino ante una secuencia de fotogramas que parecen sucederse en movimiento, es decir, ante una película de gran consistencia y coherencia, tanto en cada obra cuanto en el de la propia serie, a la hora de describir la realidad de la que el pintor forma parte y a la que inevitablemente transforma, independientemente de su manifestada pretensión en sentido contrario.

Por otra parte, en la serie “Mestizo” ya no se cumple lo que afirmé en “Felipe Alarcón y su Bestia indomable” en la Casa de Cultura de Gernika” (arterritory.net, 28 y 29-3-2018): “mencionar que en cada obra de Felipe Alarcón hace acto de presencia una jerarquía figurativa no equivale a afirmar que esa jerarquía implique trascendencia social, sino que más bien es consecuencia de la atribuible importancia a las que como imágenes mentales se han desarrollado en la mente del pintor, a la espera de plasmación plástica.” Y no se cumple porque Felipe se ha radicalizado deliberada y tendenciosamente en la afrocubanidad para realizar una parte esencial de la analítica de su memoria y de su historia, que es a la vez y no es nuestra memoria y nuestra historia. Tesis y antítesis que se resuelven en una excelente síntesis plástica, en lo que puede y debe considerarse como el más evidente ajuste de cuentas interracial con la cubanidad. Felipe proclama, orgulloso, que su historia personal, familiar y racial reivindica y forma parte de la afrocubanidad, no de la cubanidad. Y lo reivindica con un abrumador despliegue formal, expresivo y conceptual, situándose de pleno en la incorrección política y enarbolando los más reconocibles iconos de la afrocubanidad, junto con otros menos conocidos, agitando y realizando una necesaria tarea de recuperación racial y cultural cuyo origen es tan inequívocamente africano como mestizo en su resultado.

Por eso hay que manifestar con rotundidad que “Mestizos: de Aponte a Belkis Ayón” es, además de un gran logro formal y expresivo, un manifiesto político-conceptual que sitúa la afrocubanidad en el lugar en el que siempre debió estar.

Narrativa e identidad en Felipe Alarcón Echenique

                                                                                                                Maribel Gámez / Psicóloga y psicopedagoga

Hay preguntas que exigen ser contestadas. Se diferencian de las demás porque se muestran incansablemente tenaces, repiqueteando en la consciencia, hasta que consiguen  que toda la atención se centre en ellas inevitablemente. Su respuesta tiene la increíble capacidad de crear un sustrato fértil, la tierra donde asentar  una semilla, la posibilidad de que crezca algo con sentido propio.

En el caso de la obra de Felipe Alarcón Echenique, esa semilla toma la forma de arte, arte donde está contenida su historia personal, desde el susurro tembloroso de la primera pregunta íntima sobre sus orígenes, hasta la capacidad para proyectar todas las respuestas que ha encontrado con una gran fuerza expresiva demoledora en sus cuadros. Felipe ha buscado y ha encontrado en su Cuba natal. El pasado le llamaba como un corazón delator que necesitaba ser liberado.

La sublimación, que es lo que él ha conseguido, es una de las mayores hazañas que se pueden llevar a cabo con lo que se encuentra reprimido, oculto. Tomarlo de la mano y guiarlo de la oscuridad a la luz de la proyección artística. ¿Cuál ha sido el impulso?  Descubrir que había vivido, en sus años de infancia y adolescencia, con parte de la mezcla racial presente en sus genes, deliberadamente ignorada. La realidad estaba ahí pero no era como le habían contado. La narrativa real de sus orígenes, de su cultura, se escondía en un adulterado discurso predominante que enmascaraba y dificultaba hacerse las preguntas correctas.  ¿Quienes son aquellos que conforman el crisol del mestizaje cubano y al que se les ha negado el lugar que merecen? El resultado de esa búsqueda de sí mismo es la emergencia de la afrocubanidad como elemento clave del ajiaco cubano y tema central de su serie pictórica ‘Mestizos somos todos’

El artista crea una obra llena de movimiento, una película inmersiva para el espectador que proyecta dos siglos de denostada cultura afrocubana. Un viaje en busca de la identidad subyacente presente y cotidiana de ayer y hoy: vino, café, tierra, palabras, ritos se mezclan. El resultado: un viaje desde el  pasado enterrado en el inconsciente colectivo y personal hasta la reanimación de unos orígenes que reivindica con la fuerza abrumadora del dibujo, mezclando diferentes técnicas como se mezclan razas y culturas allá en Cuba.

Su obra no pasa desapercibida para el que sabe mirar en ella, le sacude, le atrae, le impele también a hacerse preguntas.  ¿Quienes son todos esos expresivos personajes que nos miran? ¿De que manera han estado cerca de nosotros sin percibirlos? Nos exhorta a escuchar una historia que también es la nuestra. No hay que apresurarse por darle un sentido.  Si nos fijamos bien la obra de Alarcón nos lo da casi todo hecho, ya que nos muestra la vinculación del mundo afrocubano con lo universal en una simbiosis cultural. Nos recuerda que compartimos en origen una compleja identidad común, imposible de entender si no volvemos la mirada hacia la riqueza perdida, aplastada, olvidada de los orígenes. Quiere que la vista y la emoción del espectador sean libres al contemplar su obra pero el impacto del mensaje es inevitable. Un mensaje que, si se deja uno empapar por él, puede hacer que volvamos nuestra atención hacia nuestra propia historia personal.

El artista ha conseguido filmar una película pictórica que revela un pasado escondido, plasmado en un presente artístico que estimula la transformación de un futuro por descubrir.

Una película que apetece que tenga una segunda parte.